domingo, 11 de diciembre de 2011

Anudar extremos


ÁNGEL CARRETERO MARTÍN

En las últimas semanas presenciamos desenfrenados maratones en los templos del consumismo que son los grandes centros comerciales. Ya sé que esto no es nuevo; se repite siempre y sin demora por estas fechas. Pero este año me sorprende un poco más porque parece que la gravedad de la crisis económica no nos corta mucho, y conste que no pretendo aguar la fiesta a nadie. El caso es que casi todo el mundo se provee de un sinfín de cosas como si se hubiera anunciado la llegada apocalíptica de una glaciación que nos fuera a dejar a todos atrapados en nuestras casas.

Quienes tratamos de llenar nuestra vida no de cosas sino de Dios y de solidaridad con todos sabemos que estos días que llamamos Adviento son una excelente vacuna contra toda despersonalización e ideologización de nuestra esperanza cristiana. No esperamos algo abstracto sino a alguien concreto: la persona de Cristo. Pero ¿cómo puede esperarse a alguien que ya ha venido? Pues precisamente porque rememoramos la Navidad podemos esperar la Parusía; es decir, Cristo ha venido como niño para venir también como Señor; y tenemos la certeza de que vendrá como Señor porque vino como niño. Así es como la tensión de nuestra esperanza se mantiene en esos dos polos: Navidad y Parusía.

En realidad, más que de una venida tendríamos que hablar de una vuelta, ya que desde que Dios se hizo hombre permanece con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Sólo que cuando llegue ese final se manifestará en poder y gloria, se correrá totalmente el velo corroborándose que el nacido de María en la humildad de Belén es el Señor de la historia. Hasta entonces somos muchos quienes «ya» lo afirmamos en la fe, «todavía no» en la visión. De ahí que para los creyentes el tiempo cristiano sea genuinamente humano; un tiempo estructurado, no desparramado en fragmentos inconexos, sino armónicamente entretejidos; un tiempo que anuda el extremo inicial de un proceso inaugurado en Palestina con el extremo último que afectará a toda la creación, transformada en los cielos nuevos y la tierra nueva.

De este modo lo que esperamos de Cristo es, ante todo, la salvación. Lo decimos sabiendo que a no pocos les suena extraño o no se sientan necesitados de ella. Pero la salvación del hombre no se reduce a tener lleno su estómago, también necesita reconciliarse consigo mismo, con los demás, con el misterio de la vida y de la muerte... No ha habido ni habrá sistema o sociedad capaz de lograrnos plenitud de sentido, de ser y de realidad. Sólo la esperanza cristiana nos revela que «ya» hay salida y salvación para todo y para todos, por muy oscuras que veamos las cosas a nuestro alrededor, sólo que «todavía no» no la disfrutamos totalmente.

La Opinión-El Correo de Zamora, 11/12/11.

No hay comentarios:

Publicar un comentario