miércoles, 1 de septiembre de 2010

De la exigencia a la gratitud


FRANCISCO GARCÍA MARTÍNEZ

Domingo XXII del tiempo ordinario – Ciclo C

“Invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos” (Lc 14, 1.7-17)

¿Qué es eso -que nos dice Jesús en el evangelio de hoy- de invitar a nuestras fiestas a pobres y marginales, y dejar sin invitación a nuestros familiares y amigos? La petición en su exceso hace que nada más escucharla caiga en el olvido. No vamos a hacer lo que dice tal y como lo dice, y a la vez no podemos hacer como si Jesús no lo hubiera dicho. Una situación, como tantas otras en el evangelio, bastante incómoda para los creyentes.

Veamos. ¿Quién no ve que el mundo está separado por demasiadas fronteras interiores al corazón? Unos tienen la riqueza, otros la pobreza; unos la salud, otros la enfermedad; unos el prestigio, otros la mala fama…, y nadie junta una oveja con una cabra, «cada oveja con su pareja». Resulta demasiado incómodo sentarnos al lado de los otros si no son de «la familia». En esta hay pactos tácitos sobre lo que podemos decir y lo que no, sobre lo que podemos mostrar y lo que debe permanecer oculto… y cuando entran en el círculo los otros la cosa se complica como con las preguntas de los niños: ¿Por qué vas tan rápido si este «cojo» no puede ir a tu paso?, ¿eres más humano por poder hacer más cosas que este «lisiado»?, ¿puedes gastar dinero sin control simplemente porque no eres «pobre»?

Dicho de otro modo, solo invitando a un ciego que nos haga cerrar los ojos a esta superficie que nos tiene presos y divididos nos hará encontrar la luz que nace en la verdad profunda de nuestro ser. Jesús es ese ciego que no ve las preguntas que no hay que hacer, los temas que no hay que sacar, las acciones inconvenientes que sin embargo necesitamos… por eso tantas veces resulta insoportable, aunque digamos que él es el camino, la verdad y la vida. ¡Bonita y terrible frase!

Con Jesús estamos invitados al banquete del que él mismo habla, aquel en el que no están excluidos los que no tienen amigos ni familiares, porque él es el Amigo que ofrece la misericordia sin fronteras de Dios. Aquí no se pueden comprar puestos de honor. Podemos descubrir así que Jesús en el evangelio no habla, en primer lugar, de lo que hemos de hacer nosotros, sino de lo que él ha hecho: ponerse en el último puesto del banquete para desde allí estar con todos, fue entonces cuando Dios lo sentó en su trono. Jesús invitó a todos a su mesa y ahora todos tenemos un sitio al que acogernos. Y lo que parecía un mandato se convierte en un motivo de acción de gracias. Luego, solo luego, empieza el esfuerzo por ensanchar nuestras familias y amistades hacia los que más nos necesitan, como Dios ensanchó su ser hasta hacernos, en Cristo, de su misma familia.

La Opinión-El Correo de Zamora, 29/08/10.

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