domingo, 21 de febrero de 2010

La coraza y las tentaciones


JESÚS GÓMEZ

Domingo I de Cuaresma – Ciclo C

“Durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto” (Lucas 4, 1-13)

En un paraíso, rodeado de riquezas y colmadas todas sus necesidades, ¿qué más necesitaba Adán, si lo tenía todo? La serpiente le hizo una propuesta: independizarse de Dios y constituirse él mismo en árbitro del bien y del mal, señor de todos los derechos. Una vacilación y aceptó la propuesta. ¿Resultado? Una secuencia de muerte bajo la dependencia del diablo.

La propuesta que el diablo le hizo a Adán, la misma se la hace a Jesús pobre, mísero, muerto de hambre y solitario en el desierto. Le ofrece el dominio absoluto sobre todos los reinos con todos los poderes, gabelas, honores y aplausos correspondientes; una sola condición: aceptar su tutela. No contaba el diablo con la armadura de Jesús. En su bautismo el Espíritu Santo lo había equipado con una coraza impenetrable. Jesús rechazó la propuesta. El diablo no se da por vencido y lo lleva a Jerusalén.

Ahora bien, desde el desierto hasta Jerusalén el camino es largo y no hay posibilidad de viajar en avión. Dos años, día más día menos, tardará Jesús en recorrerlo. Piedras traicioneras, emboscadas y escaramuzas a cada paso; más intensas cuanto más se aproximaba a la ciudad. En Jerusalén el diablo cuenta a su favor con el apoyo de todos los poderes fácticos, con la traición de Judas, el abandono de sus discípulos, la negación de Pedro y sobre todo con el cansancio y la angustia del mismo Jesús. Dos años de camino con el fardo de todas las miserias humanas a cuestas y el terror agónico ante la inminente y violenta acometida. Presagiando lo peor, Jesús sólo es capaz de repetir: «pero que no es lo que yo quiero, sino lo que Tú". Y pasó lo que tenía que pasar, que terminó en la cruz. Tirarse desde el pináculo del templo o bajar de la cruz es lo mismo. El diablo insiste en su propuesta: «Baja de la cruz y creeremos en ti», serás el señor absoluto. Antes morir que rendirse y sin rendirse muere Jesús en la cruz.

No contaba el diablo astuto con la sagacidad de Dios; de lo contrario, no hubieran crucificado a Jesús. Porque Dios lo resucitó y lo constituyó como Hombre nuevo. Frente a Adán, Hombre primero, cabeza de una humanidad antigua, llena de pretensiones y abocada al fracaso y a la muerte, está Jesús, Hombre segundo, cabeza de una humanidad nueva transida de su Espíritu y llamada a la vida; entre asechanzas y tropiezos camina, no obstante, segura, porque en el sacramento del bautismo el Espíritu Santo la reviste, como a Jesús, de la misma impenetrable coraza.

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